CANCIÓN DE LAS CUATRO CANCIONES (CANÇÓ DE LES QUATRE CANÇONS)

Letra: Miquel Pujadó, basada en la idea central de “La route aux quatre chansons”, de Georges Brassens.
Música: Miquel Pujadó

Al toparme con un ruiseñor que iba a Francia / ya pasada la frontera del Pertús / sentí un escalofrío / y le dije, con cara de bobo: / “Ruiseñor, sé un buen muchacho y encomiéndame / a mi madre, que ahora vive allá donde tú vas. / No tiene pérdida: fabrica alpargatas de cáñamo / justo al lado del Centro Pompidou.” / Él me mira altivo y me dice: “Andouille! Comment oses-tu me parler ce patois? Si jamais on se revoit, gare à tes couilles: / j’ai le bec dur et pointu et j’plaisante pas!” (1) / Dicho esto, hace un vuelo rasante y con puntería / deja caer sobre mi cabeza (y llega a buen puerto) / un excremento chovinista que hedía / como un litro de chanel al roquefort. / ¿Qué se hizo de los ruiseñores / de nuestros abuelos, / que al trinar fundían las penas / -según los sabios-? / Si el tiempo nos nega todo perdón, / que nos deje al menos la canción. / Cuando Amelia yacía gravemente enferma / entre damas, sirvientes y nobles, / y con las rosas de la fiebre en las mejillas, / me acerqué a ella para oir su testamento: “Tres castillos tengo en Francia, todos en venta, / y  me he deshecho de las joyas del condado / para pagar a mis acreedores y a Hacienda, / y lo que no he vendido lo tengo hipotecado. / Como las pobres sabemos irnos solas / y de mí nadie sacará ni un céntimo, / ya os podéis ir, carroñeros, a hacer puñetas, / y el último que apague la luz, por favor. / Y vos, madre, a mi marido -que tanto os flipa- / ya os lo podéis quedar por siempre en vuestro lecho. / Como muero sifilítica pero ahíta, / os aseguro que os lo paso bien servido.” ¿Qué se hizo de los testamentos / de nuestros abuelos, / que hacían felices a los buenos herederos… / “Adiós, clavel moreno”, es la melodía que él cantaba arrastrado por dos guardias civiles. / Yo me dije: “Los bandoleros son gente honrada / que habría que vacunar contra los bacilos.” / Y me acerco con un garrote, inocentemente, / hasta llegar cerca de los repelentes piojos verdes. / Decididamente les hago saltar el tricornio / y les aplasto los cerebros inexistentes. / “Puedes irte -le digo-, eres libre.” Pero enmudezco / al sentir el beso helado de una pistola en la nariz / y al oir la voz del landronzuelo: “ No me quejo / por lo que has hecho y te agradezco lo que harás.” / Me trincó un buen reloj, la cartera, / la camisa y un diente de oro, y se largó / dejándome en un margen de la carretera / atado y amordazado como un cretino. / ¿Qué se hizo de los bandoleros / de nuestros abuelos, / que no robaban por dinero… / Y me hice encarcelar al pasar por Lleida, / y me encerraron junto con otros veintidós, / convencido de que una Odisea, una Eneida, / me llamaba desde el lóbrego calabozo. / Yo que invento y dicto una canción inspirada / y arranco a declamarla a pleno pulmón / esperando que la princesa enamorada / venga a ver quién es su dulce trovador. / Pero la que llega, fea, sucia, desgreñada, / es la obesa hija del carcelero / chillando: “¡Ya me jodiste la siesta!” / y esgrimiendo una navaja de afeitar. / Ahora me dicen que el patíbulo está preparado / y que es todo mío el honor de pasar el primero / para ayudar a nacer con mis últimas sacudidas / a la mandrágora que otros probarán. / ¿Qué se hizo de las prisiones / de nuestros abuelos, / llenas de intrigas y pasiones…
 

(1): En francés, en el original.