A TERRASSA HI HA UNA PLAÇA (EN TERRASSA HAY UNA PLAZA)

Texto y música: Miquel Pujadó

En Terrassa hay una plaza
tierna, loca y decadente,
una plaza muy hábil
para aglutinar gente.
Estratégica, se planta
en pleno centro de un nido de humanos
y, con anárquica carpanta,
va devorando ciudadanos.
Cuando el atardecer extiende los brazos
y al rey sol se lo lleva el viento,
centenares de culos y narices
llenan los bancos y el pavimento,
y una neblina de palabras
y de humo vegetal
adorna las viejas aulas
de la escuela de novillos del asfalto.
Un viejo bar
taquicárdico bombea, cariñoso,
una sangre que hermana el coñac
con el pastís
y fabrica anticuerpos de anís.
El priorato
charla con el ron y con un cortado,
y rumbean camareros y clientes
por inexistentes espacios.
En Terrassa hay una plaza
-ya lo he dicho no hace mucho-,
una plaza que atraviesa
la razón y los argumentos.
Salpicada por ojos de muchacha
por encima y por los lados,
se convierte en un ramo de flores
de colores inauditos.
Cazadoras de luto
allí se mezclan, insolentes,
con barbazas rizadas
y pezones sin consistencia,
mientras un eco de campana
convierte de repente en ave
a la potente voz bartriana (*)
que nos llega de la Torre del Palau.
Bajo el sol,
veréis abuelos charlando tranquilamente
mientras expertas en el arte del ganchillo
vigilan
que el niño no caiga de morros.
Y, casi al lado,
una iglesia perdona los tacos
prodigados por la hierba en las calabazas
de unos meavinos juguetones.
Si pasáis por una plaza
del Vallés Occidental
y véis como torpemente,
apoyada en una farola,
se alza aún la presencia
desvergonzada y de mirada fría
de mi adolescencia
marginada a golpes de sensatez,
tomad juntos una cerveza
y hablad del tiempo que huye,
disparad a la tristeza
hasta quemar el último cartucho.
Y, como quien no quiere la cosa,
compartid un sueño dorado,
que a nadie le molesta tener
una plaza intransferible en el fondo del corazón.
(*) El poeta Agustí Bartra vivió en Terrassa desde que
volvió del exilio hasta su muerte.